A lo largo de los últimos años, en mayor o menor medida, asistir a alguna reunión social sin un smartphone, se asemeja de manera alarmante a lo que sucede cuando se entra recientemente a la soltería:
- Te irrita extrañamente ese momento en que todos se dedican a prestarle atención exclusivamente a su teléfono, y te ves obligado ya sea a romper el silencio con un siempre incómodo comentario, o divagar sobre los matices de los cordones de tus zapatos.
- Si osas hacer la observación de que el exceso de atención al susodicho smartphone te parece molesto, el interlocutor tiende a reaccionar de forma similar a como lo haría ante un insulto de magnitud mediana.
- De vez en cuando, parece iniciarse una lucha entre el celular y su dueño. Frecuentemente causada por la incomodidad entre el diámetro de de la yema de los dedos y el área sensible del minúsculo teclado del teléfono. Cuando llega este momento de conflicto, es hora de dejar de lado al dispositivo traidor y trasladar el foco de atención de vuelta a los acompañantes de carne y hueso.
- Es un tema frecuente en tu grupo más allegado el “¿Por qué todavía no tienes un smartphone?” ó “¿Cuando vas a tener un celular de verdad?”.
En mi caso logré sobrevivir con un teléfono estúpido (a falta de un mejor término para referirme a un celular anterior a la era de las pantallas táctiles y el 3G) hasta hace aproximadamente un mes y medio. ¿Qué cambio durante el período entre el cual me encontraba perfectamente feliz con mi artilugio arcaico para recibir llamadas y uno digno del 2012? Fui testigo de los desastres capaces de ocurrir por no estar pendiente de tu bandeja de entrada cuando tienes un trabajo a larga distancia.
Decidí resignarme a desembolsar algo más de dinero a corto plazo y comprar un teléfono con Android sencillo, pero con prepago. De modo que la adicción consecuente al pequeño artilugio, no fuera irreparable. Pero el salto entre un celular que estaba a un paso de funcionar por presión de vapor y Android, fue más fuerte y en poco tiempo se volvió importante mantenerlo conmigo constantemente.
No se puede negar a estas alturas que esto se sigue pareciendo a una relación amorosa, y como en todas esas, vino el momento invitable: el quiebre.
Al rededor de dos semanas de iniciada la luna de miel con mi gadget, empezó a sufrir de extraños ataques de posesión disfuncionalidad, que con el tiempo se volvieron más frecuentes y duraderos, hasta llegar al punto de ocurrir dos o tres veces a la semana y mantenerse durante un par de días. Fue entonces cuando decidí resignarme y llevar a mi amado a mi teléfono, al servicio técnico.
La revelación catártica/terapéutica vino cuando, mientras esperaba frente a la sucursal, mis ojos divagaron hacia cierto panfleto que trataré de describir de la manera más objetiva posible: Sobre la fotografía de la cara de niños de no más de 7 u 8 años de edad, descansaba un texto sugiriendo que ya era hora de dejar los juguetes y exigir el primer smartphone.
Por alguna razón la imagen me causó un pequeño shock que llevó mi secuencia de pensamiento desde “¿Realmente es imprescindible un smartphone a esa edad?” a “¿Realmente es imprescindible un smartphone?”. La respuesta fue “No, pero en mi situación, es útil”.
No seré criticona: A mi parecer un teléfono capaz de mantenerte conectado a internet, no es un artilugio oscuro diseñado para desconectarnos de la actividad social, sino todo lo contrario, pero sí es capaz de desconectarnos de nuestro al rededor. Yo aún estoy esperando que el mío vuelva de sus reparaciones, pero esta vez pretendo decirle que solo seremos amigos.
¿Les ha ocurrido algo parecido? ¿Qué tipo de relación tienen con su smartphone?
Fotografía por iDie
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